Artículo publicado por Espido Freire en el nº 94 de la revista Psychologies.
"Durante algunos años, muchas de las familias que estaban pensando en adoptar un niño, fijaron sus deseos y sus ojos en China."
"Debido a la política de un sólo hijo, y a su endémico machismo, miles de niñitas eran abandonadas en orfanatos. Muchas de ellas son ahora ciudadanas españolas, y han crecido en hogares que las adoran. Sin embargo, a medida que esas niñas llegan a la adolescendia, se las echa de menos en China. Los informes indican que, debido a la devoción por los hijos varones, 30 millones de ellos no encontrarán pareja dentro de diez años. China ha abortado niñas, las ha matado al nacer o ha alentado a otros países a que las adoptaran, y teme ahora la soledad, la agresividad y los conflictos que pueden asociarse a estos hijos y nietos únicos, consentidos y con nula resistencia ante la frustración. Pequeños emperadores, los llaman.
A una desgracia se le une otra. De nada tienen la culpa esos niños a los que se les privó de hermanas, primas, compañeras de guardería, de niñas que les enseñaran a desarrollar otras facetas de su carácter. Tampoco las pequeñas, ahora españolas, que fueron primero rechazadas por su sexo, y ahora culpadas por su ausencia.
Y sobre estas previsiones, que anticipan un aumento de la prostitución, posiblemente traidas de países cercanos más pobres y sumisos, un alto índice de adicciones y agresividad, no deja de flotar una forma profundamente misógina de ver el mundo. Se asume que la sexualidad masculina es incontrolable y ha de encontrar una salida. A costa de lo que sea. Poligamia, tráfico de mujeres, prostitución, violación.
Un siglo antes de que lleguen los desastres pronosticados de los jóvenes chinos sin pareja, una nación europea abordó el problema opuesto: tras la Primera Guerra Mundial, cuatro millones de mujeres inglesas quedaron viudas, o sin la menor posibilidad de encontrar pareja. Era un 10% de la población, un porcentaje muy superior al de los posibles chinos solteros. Una generación de solteronas, llamadas "Las mujeres en la estantería", a las que se les alentó a emigrar, a sublimar su sexualidad a través del trabajo o el cuidado a otros y a ser las eternas tías solteras con falda de tweed y gatos junto al bordado.
A nadie se le ocurrió prostituir a los escasos hombres solteros, ni mucho menos, importar esposos australianos. Educadas únicamente para llevar una casa y una familia, no sólo renunciaron al amor: tuvieron que sobrevivir.
Pero, claro; eran mujeres."
